• “VOLVER A EMPEZAR”

    Silvia ha querido compartir su experiencia como madre de una joven adicta recuperada, con el anhelo de que su testimonio sirva de ayuda a quienes, como ella, conocen de cerca una enfermedad capaz de destrozar familias.
    Reproducimos su relato bajo estas líneas; un relato de sufrimiento, pero también de esperanza e ilusiones renovadas. Y agradecemos profundamente la generosidad que emana de sus palabras.

    La luz al final del túnel

    “El 10 de marzo de 2016, completamente desesperada y hundida, busqué en internet centros de ayuda para la drogadicción. Encontré la página de Instituto Castelao y llamé. Me dieron cita para el día siguiente. Mi hija ingresó en el centro de Málaga apenas cinco días después. Fue exactamente el 15 de marzo de 2016: una fecha que nos ha devuelto a la vida y que jamás olvidaré.”

    Una familia estructurada

    “La nuestra es una familia perfectamente estructurada. Mi hija tenía unos padres, dos hermanos, una abuela, tíos, primos,... Y un grupo de amigas del colegio estupendas. Es decir, tenía todo el apoyo emocional que pudiera necesitar. Pero nos saltaron las alarmas porque la suya no era una adolescencia normal… Un verano, con 14 o 15 años, nos dijo que necesitaba irse fuera de España para poner en orden sus ideas, su mente. Yo lo achaqué a la revolución hormonal y la mandamos a Dublín. Fue allí donde empezó a consumir. Primero hachís. Luego vendría todo lo demás.

    El caso es que nuestra vida se iba consumiendo poco a poco, día a día. ¿Por qué? ¡Si lo teníamos todo! Una familia maravillosa, trabajo, una casa perfecta… Pero también teníamos una hija con un grave problema de comportamiento al que no sabíamos ponerle nombre. Un problema que, seguramente, al principio, tampoco queríamos entender… Una niña maravillosa que con 16, 17 y 18 años de edad se había metido en un bucle del que no podía salir, aunque -he de reconocerlo- nosotros pensábamos que ella era la que no quería salir… Que le gustaban ese tipo de vida y ese tipo de compañías; que ya no le interesaba estudiar, ni la familia, ni sus amigas de siempre… ¡Qué equivocados estábamos! Nunca se nos pasó por la cabeza que lo que teníamos era una niña infeliz, pero, sobre todo, una niña enferma.”

    La mentira constante

    “Yo intuía que mi hija consumía, sí; que fumaba porros, pero pensaba que como el tabaco –yo soy fumadora- podría dejarlo cuando quisiese. Hasta que no llegamos a este centro no tuve conciencia de lo que realmente es la enfermedad de la adicción.
    Un mensaje de Whatsapp -que leí en su móvil y en el que alguien le preguntaba si quería consumir aquella tarde- me puso sobre la pista. A partir de ahí, empecé a hacerle un seguimiento exhaustivo.
    Fue un calvario.
    Mi hija era una pura mentira, un mentira constante. Mentía y mentía para ocultar su adicción. Llegó un momento en que empezamos a hacerle test de orina, que siempre daban positivo y revelaban que había consumido, por lo menos, cannabis, que es una droga que deja rastro en sangre durante varios días…. Pero ella seguía mintiendo.
    Un año antes de ingresar en Castelao, busqué ayuda en otro centro. Allí me dijeron que debía ingresarse, aparcar por completo su vida, dejar el colegio, los estudios, las amigas, el móvil,... Como así ha ocurrido después en Instituto Castelao.
    Pero en aquel momento, yo me resistí. Erróneamente, pensé que habría una fórmula intermedia -sin tener que llegar a ingresarla- y que podíamos intentarlo con la ayuda de psicólogos. Le dieron medicación, se sometió a varios tratamientos. Llegó a estar hasta tres semanas sin consumir. Entonces -¡ingenua de mí!-, creí que el problema ya estaba resuelto. Pero volvió a caer.”

    El momento del ingreso

    “Mi hija estaba estudiando segundo de Bachillerato y a mí me atormentaba la idea de que tuviera que dejar el colegio. ¿Qué les diríamos a los profesores? La habían expulsado muchas veces y tampoco iba a sacar el curso… Pero la excusa de los estudios era una forma de auto engañarme, de reafirmarme en la negativa de que mi hija tuviera que ingresar en un centro. ¡¿Mi hija, ingresarse? ¡¿Están locos?!, pensaba yo. Si sólo tiene un problema de conducta. Una vez más, ¡qué equivocada estaba!

    Cuando llamé a Castelao, me pidieron que Isabel fuera al día siguiente a una entrevista con un chico que en aquellos días estaba en pleno proceso de recuperación. Salió de aquel encuentro con la decisión tomada: "Mamá, tengo que ingresarme".
    Nunca pensé que sería capaz de traerla hasta aquí, ni siquiera de hacerle la maleta. Se me vino el mundo abajo. Creí que no sobreviviría a aquel día, el más largo y duro de mi vida. Y ya ves… Allí la dejamos su padre y yo (en el Centro de Málaga). Y allí comenzó su vida de nuevo… Y, por ende, la nuestra.”

    La sombra del estigma

    “A mí esto no me avergonzó nunca, aunque siempre está ahí la sombra del estigma. Si lo ocultamos en determinados círculos fue por ella; y porque más allá de nuestros íntimos, a nadie le importaba demasiado. Pero la adicción de mi hija fue algo que nunca oculté a mi circulo más cercano.
    Nuestra familia y nuestros amigos lo sabían por nosotros. Algunos, con la mejor intención, intentaban relativizar diciéndome que todos los jóvenes consumen alcohol y drogas, que es algo generalizado. Pero yo sabía que a mi hija le afectaba de una manera diferente. En el colegio, hablé con el tutor, aunque se lo oculté a la Dirección del centro -por si mi hija quería volver el curso siguiente-. A sus mejores amigas, mi hija les contó la verdad: les contó que ingresaba en un centro para dejar su adicción. Al resto, les dijimos que había encontrado trabajo en un hotel de Málaga.
    Lo más complicado ha sido hacerles entender a nuestros familiares y amigos que durante todo el proceso de recuperación, ni siquiera podemos comer o cenar fuera con nuestra hija, ni mucho menos irnos de vacaciones juntos… Exponerla a una comida en un restaurante ante veinte mesas en las que se está consumiendo alcohol es exponerla a estímulos y riesgos que no deben asumirse en una primera fase. Pero esto no lo entiendes hasta que interiorizas que la adicción es una enfermedad, no un vicio. Poco a poco, ahora le permiten ir incorporándose a situaciones de la vida normal.”

    La recuperación

    “Desde el 15 de marzo de 2016, llevo viajando a Málaga cada quince días para ver a mi hija siempre que los terapeutas de Castelao me lo han permitido, es decir, un fin de semana de cada dos. No he faltado ni a una sola terapia de familia. Llegaba a Málaga los jueves y estaba con ella las horas que la dirección terapeútica de Castelao consideraba oportunas.
    Durante muchos meses no le permitieron recibir más visitas que la nuestra, la de sus padres. Luego, nos dejaron que vinieran sus hermanos, su abuela, sus tíos… Desde marzo del 16 no ha visto a ninguna de sus amigas –aunque todas le han mandado cartas, fotos y regalos durante la recuperación-. Tiene unas ganas enormes de encontrarse con ellas, claro. En julio viene la primera y se irán dosificando las visitas de las demás –a criterio de los terapeutas-, porque todas juntas no puede ser.
    Yo, que he podido visitarla desde el principio, he de decir que ha sido maravilloso ver cómo mes a mes, semana a semana, mi hija iba mejorando, la iban reeducando, la devolvían poco a poco a la vida…
    Es cierto que esta recuperación tiene picos: unas veces me iba de aquí feliz y otras, disgustada. Pero incluso cuando la encontraba más agresiva o peor que en la visita anterior, siempre tenía la sensación de que estaba remontando. Ahora la veo extraordinariamente bien, pero ni ella ni yo queremos confiarnos. A la edad de mi hija, no se considera que un enfermo de adicción está totalmente recuperado hasta que han pasado entre 2 y 5 años sin consumir. Habiendo realizado una primera fase de la recuperación muy sólida –como parece que así ha sido-, tenemos que pensar que a partir de ahora todo va a ir bien. Aunque las dos sabemos que aún queda mucho por hacer…”

    La culpa

    “No he sentido culpa por no haber estado pendiente de ella en la peor fase de su adicción -que lo estuve, ¡y de qué manera!-, pero sí por la educación que le dimos. Desde muy pequeña, ella siempre tuvo un carácter muy fuerte. Le consentimos más que a sus hermanos… Muchas veces por no escucharla. Y durante un tiempo, pensé que el problema derivaba de aquella educación permisiva. Pero hoy sé que no es así, porque gracias a la gente de Instituto Castelao he ido aprendiendo que lo que tiene mi hija es una enfermedad. ¡Nadie debe sentirse culpable de que un hijo padezca cáncer!
    Ahora, transcurridos estos meses de recuperación, mi hija y yo hablamos del tema con absoluta naturalidad. ¡Te quise matar!, le comento muchas veces. Pero tampoco espero que me pida perdón porque, de haber sido diabética, nadie le hubiera exigido ese perdón.
    Eso sí, lo que me produce un sentimiento de culpabilidad enorme es no haberla ingresado antes, aquella primera vez que me lo recomendaron… Ahora sé que habríamos ganado un año. Y, sobre todo, le habríamos ahorrado a ella mucho sufrimiento.”

    Agradecimientos

    “Ha pasado un año y aunque ya se lo he expresado personalmente a todas y cada una de las personas que nos han ayudado en Castelao, no quiero dejar pasar la ocasión para agradecer una vez más y valorar el esfuerzo que han hecho por nosotros. En primer lugar, quiero reconocer y agradecer el mérito que tiene mi hija que, con solo 19 años, asumió su enfermedad y ha tenido el valor suficiente para recuperarse. Y, por supuesto, agradecer a todo el equipo de Instituto Castelao su esfuerzo y su tesón, sin olvidarme de nadie –aunque si es así, espero que me perdonen-. Gracias, gracias y mil gracias a Paco, a Ernesto, a Elo, a Eva, a Lorena, a Lola, a Pablo, a José Luis, a Inma, a Nacho y a Faqui (que también me aguantaron a mi), a Maite, a Fran, a Adrián, y también a Antonio, porque esos jardines dan vida al centro… Gracias por supuesto a todos los compañeros (de enfermedad y recuperación) de mi hija, porque entre todos forman una familia sólida y solidaria. Y para terminar, quiero decir que volvería a hipotecar mi vida para conseguir lo que hemos conseguido.

    Se despide la que hoy es… ¡Una madre feliz!



    Isabel estuvo ingresada en el centro de Málaga durante seis meses, a los que siguieron otros seis meses de estancia en un piso tutelado. Actualmente, acude a terapias semanales en régimen de seguimiento.

  • “MADRE ALCOHÓLICA”

    Centros de desintoxicación Primero fue un cáncer de mama, luego fue la muerte de mi esposo alcohólico con 44 años y finalmente, como si fuera un brindis muy cabrón, vino el vodka.
    Nada más recuperarme del cáncer que yo estaba sufriendo, mi pareja (que era bebedor) falleció. Entonces, al mes y medio, empecé a beber y a beber. Cuesta abajo. La gente me decía: "Pero Mila, ¿cómo bebes así?, si tú ya viste cómo acabó él". Los alcohólicos terminamos siendo especialistas en autoengaño. Te dices a ti misma: "Ha muerto Manuel, ¿cómo no voy a beber?". Y entonces llegaba a casa y me ponía la bata suya para sufrir y tener una coartada para emborracharme. La cosa llegó a un punto en que el psicólogo me terminó diciendo: "No te lo creerás, pero cada vez que piensas en él es porque tienes ganas de beber".

    Antes iba por la mañana a los bares de mi barrio con una urgencia temprana. Como la que sospecha que algo pasó la noche anterior pero no recuerda qué. Les decía a los camareros: "¿Os debo algo? ¿Me pasé mucho ayer? Os pido perdón". Era una bayeta que lo absorbía todo. Tirada por el suelo si hacía falta.

    Una acaba siendo un poco vampiro, no tanto por lo que suponía la noche, sino porque al final el consumo era con las persianas bajadas. Una viuda calva; un salón a oscuras; un suelo lleno de botellas con las que te tropezabas; Y unos hijos en la ESO, huérfanos de padre, que llegaban a casa por la tarde con un montón de deberes. No les atendía, compraba muy poca comida y la acababa tirando porque no se la cocinaba. Sólo había fiambre y fiambre. Mi hermana veía el panorama y se los llevaba a comer a casa de ella.

    Entonces salía, como la que tiene que ir a comprar al súper o la que tiene una lista de tareas muy urgente. "Voy a hacer unas cosas", decía. Con los mellizos contestando en el papel de padre y de madre: "¿Otra vez, mamá?". Y otra vez que iba y no volvía.

    Yo como madre me sentía la mierda de las mierdas de las mierdas. Por lo mala que era. Eso es lo más tremendo para nosotras: la culpa. Hasta que comprendí que había que empezar por darle la vuelta al tema. Literalmente. Un día cogí una botella de champán y la vacié en el fregadero. Mientras tiraba el líquido, le dije a Manuel: "Te prometo que no vuelvo a beber". Tengo los ojos de mi hijo aquí clavados en mi mente, y su respuesta: "Mamá, eso ya me lo dijiste el otro día".

    Pero esa vez lo decía de verdad (antes no) y desde ese día no he vuelto a probar el alcohol. El día que decidí llamar a Castelao hace ya cuatro años.